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miércoles, 19 de noviembre de 2014

¿Eres feliz?

-¿Eres feliz?- La otra noche me hicieron esta pregunta. Luego, pasé horas reflexionando. Y sí, mi respuesta es que sí soy feliz... O lo fui durante esas semanas porque todo tenía sentido y estaba en su justo sitio, porque había armonía y paz, aún con la carencia económica y de tiempo, aún con este pesar por no poder hacer mucho por lo que pasa en casa, porque había planes y expectativas y oportunidades. Hoy no me siento así. Me siento acorralada. Acorralada porque hay cosas que parecen sin solución, son lastres eternos y nula voluntad de solución. Hoy mi casa dejó de serlo y no me siento bien ahí dentro porque todo es tensión y hostilidad. Me pone muy triste que una persona tan querida venga hasta acá a vernos y que no comprenda que la cuestión es sumar, no imponer.

Y el 15 olvidé encender una veladora... 

Siento que me pierdo... 
Perdida estoy una vez más.


lunes, 2 de abril de 2012

Anoche...

Ayer hubo cambio del horario, y salí del trabajo aún con luz. Caminé rápidamente acompañada por alguien que más bien me hizo sentir incómoda, así que hice por abstraerme.

Conforme avanzaba el autobús recordé aquellos primeros viajes que me parecían eternos hacia la casa que entonces estaba en construcción. Recuerdo una sesión de fotos ante los cimientos y las calles con algunos árboles y jardineras, los mismos que anoche vi rodeados del gris de las obras del metro. Entonces recordé a mi papá: La infinidad de veces que dijo que era necesario que hubiera metro para llegar más pronto a cualquier lugar, y mi ensoñación ante sus palabras tan rotundas. Desee con toda la energía que aún me quedaba que hubiese una máquina para comunicarse con los muertos y entonces decir: "Clayito, al fin sucede, debes venir a mirar que ya falta poco para que podamos hacer nuestro primer viaje juntos en el metro a casa". La última vez que viajamos fue seguramente, cuando sentía que el mundo se me venía abajo, aquellos días en que el arrepentimiento y el dolor me hicieron sentir más rencor ante sus palabras que eran todo lo opuesto a balsámicas...

Y quedé con la promesa de llevarlo a Chiapas con mi salario...

Seguí recordando y lamentando que el tiempo sea insuficiente para disfrutar a quienes queremos, o que quizás sí lo sea, pero no sabemos administrarlo correctamente.

Y esto último me hace pensar en Ana una vez más. En el poco tiempo que la veo y en el ínfimo tiempo que puedo dedicarle, a ella que siempre se ha caracterizado por dar todo de sí a los demás, ella, la que mejor me conoce, y que siempre está...

Y ya lloré...

Miro a través de la ventana y las ramas de las jacarandas se mecen con el viento, luego el pasto, la gente que pasa, el andador, el cerco que limita el jardín y más allá los autos que corren a toda velocidad hacia no sé dónde. Aquí dentro, la gente lee, algunos más platican y ríen, atrás se escuchan las voces de algunos niños, el sonido adormecedor de las fotocopiadoras y el trapeador de la señora que limpia el piso.

Anoche llegué tarde y no me gusta la casa vacía. Extraño infinitamente al hijo cuando no está y también un poco a M cuando quiero creer que funcionará. Pero nada pasa. Y pasan por mi mente nombre ya casi sin rostro; las asociaciones son extrañas: un nombre es rugido; otro un pulgar ancho; otro un viaje en el metro con sinceridad extrema e inusitada; uno, olor desagradable y excelente comida; otro, carcajadas graves; y hay una discusión sobre extraterrestres que ya carece de nombre y rostro. Y todos ellos se van diluyendo mientras escribo y me pregunto cuánto daño pude hacer en cada uno, y cómo influyeron en quien soy ahora, y sobre todo, ¿Qué será de ellos? ?Qué de todo esto contaré a mi sol?




domingo, 13 de noviembre de 2011

De las cosas que obligan a reconsiderar nuestra manera de vivir...

Me parece que estos han sido los días más difíciles del año. Todo se vino de golpe: los dos trabajos, el posgrado, la negativa de licencia, los problemas en la escuela, los desvelos, la computadora con sus virus, mi sol de paseo, la soledad, el estar con alguien sin amarlo, el (quizás) amar a alguien sin estar con él, las deudas, la casa sin agua, las fallas con la luz, los amigos y sus problemas, y su poca disposición de escuchar los de alguien más, el poco tiempo...

Hace tiempo, mientras esperaba que me atendieran en el laboratorio, vi un stand en el que hacían una prueba para detectar la Hepatitis C, y por hacer tiempo, decidí aplicar. Me dijeron que el resultado era positivo, pero que debían tomar otra muestra de sangre para hacer un mejor estudio, y que me llamarían en algunas semanas. Pasaron más de dos meses y no recibí la llamada, así que olvidé el tema.

Esta semana llamaron y me dijeron que debía ir a recoger resultados al hospital con una gastroenteróloga. Al otro día fui y la tal doctora no estaba. Por la noche volvieron a llamarme, pidiendo que fuera lo más pronto posible a recoger los resultados. Entonces sí que me asusté, y sin pensarlo, comencé a reconsiderar mi forma de vivir, a planear cómo hacer para no dejar desamparado a mi solecito, cómo hacer para dedicarle el mayor tiempo posible, para mostrarle lo hermoso del mundo, para hacerlo madurar deprisa. Pensé en mi papá y su forma de educarme, y recordé que siendo aún una niñita me dijo con dureza que quería hacerme auto-suficiente porque él podía morir cualquier día por la diabetes. Al fin comprendí su miedo y dolor, y los sentí propios al imaginar que probablemente no vería crecer a mi hijo...

Y mi hijo estos días tan dolorosamente lejos...

Al otro día fui al hospital y parecía que me esperaban en la puerta del consultorio. De inmediato me hicieron entrar. El hombre que estaba dentro me invitó a sentarme y dijo que iría en busca de la doctora para que interpretara los resultados de la prueba. En mi mente pasaban pensamientos como el vender la casa, comprar un seguro de gastos médicos mayores, un departamento cerca de la universidad y la (aún) familia, una cuenta de ahorros para que Leo siga estudiando, cómo comunicar a los demás el diagnóstico, renunciar a un trabajo y viajar mucho...

La doctora llegó, leyó la hoja de resultados, y me dijo que todo estaba bien, que por alguna razón la prueba anterior había dado positivo, pero que en ésta no habían detectado nada anormal, que estaba sana y un "disculpe usted por la preocupación que pudimos generarle". De inmediato me tranquilicé y agradecí la atención.

Y salí corriendo de vuelta al trabajo sin poder externar todas estas emociones...

Lo que es cierto, es que este evento me ha hecho reconsiderar mi forma de vivir, y más en estas horribles semanas en que no tengo más tiempo que para trabajar. No vivo, sólo soy una autómata que produce para que algún desconocido se enriquezca, y mientras, mi Sol, (recién lo hago consciente), la persona más importante en mi existir, está lejos por lo mismo. Y la vida es frágil, en cualquier momento puede apagarse, y hay miles de cosas por hacer, sueños qué realizar, lugares por conocer, colores y formas por mostrarle a mi niñito...

Aún no sé qué haré, pero es seguro que debo modificar mucho. Y vivir con plenitud por el tiempo que me toque hacerlo. Y dar mucha luz.









martes, 15 de marzo de 2011

¿A quién enterraste?

Hace un par de semanas la Catrina vino por el padre de una de mis compañeras de travesuras de la secundaria. Tuvo por nombre Mario y campesino de oficio vivió creo que muchos años pues las canas y arrugas así lo indicaban...

Por alguna extraña razón ese personaje de mi pubertad siempre estuvo presente durante los años que llevo vividos, aún cuando terminando la secundaria me alejé casi por completo de aquí durante unos catorce años.

Recuerdo que hace algunos meses me platicaba con toda jovialidad de cómo en su juventud se iba a los salones de baile y aprendía de pasos y ritmos y de cuánto le gustaba bailar. Y cómo olvidar esa enorme sonrisa mientras me decía que se proponía enseñarme a bailar, mientras bailaba en las fiestas.

La última vez que lo vi, tan sonriente como siempre, estaba montado en una bicicleta y recargado en un árbol hablando con su hermana Efigenia.

Días después corrió la noticia de que lo llevarían al hospital... Y esa misma noche me encontré en su casa, esperando a llevaran su cuerpo para despedirlo.

Duele ver el dolor ajeno, duele no saber qué decir, no tener las palabras para consolar, duele la certeza de que pocas veces damos todo lo que quisiéramos a los demás -como si fueran eternos y tuviéramos tiempo para dar amor a cuentagotas-, duele la muerte, la vida que se lleva y el llanto que deja...

En realidad esta fue mi primera vez en un funeral. Y aunque estuve presente en los funerales de mi abuelita, de mi padre, de otra gente cercana a la familia, nunca antes había experimentado de la mayor parte del ritual, ni había comprendido su significado. Y yo, que pocas veces externo mis emociones, lloré y lloré como si ese hombre fuese tan cercano. Lloré porque recordé esos años en que me definía, esos años en que mi padre fue mi verdugo, esos años en que decidí dejar la casa con tal de no sentirme tan agobiada. Lloré por mi papá, por mi abuela.... por la gente que amo aunque esté tan lejos y a la que he preferido mantener a la distancia ya sea por seguridad o por cobardía. Lloré porque comprendí cuán frágil es nuestra vida y lo rápidamente que nos acercamos a la muerte. Lloré por esa gente mía que conocí en su plenitud y que ahora está tan próxima a la vejez. Y lloré...

Y esa mujer que tan bien me conoce sólo atinó a preguntarme. ¿A quién enterraste?




martes, 1 de junio de 2010

Los miedos...

De la nada se me vino el recuerdo del día que aprendí a andar en bici. Tendría unos 4 años, tal vez 5, y mi papá tempranito se dispuso a salir a caminar con hija y bicicleta sin rueditas auxiliares. Recuerdo la larguísima Calzada de Tlalpan, algunas casas que me gustaron por tener muchas ventanas, y luego viene la imagen del pavimento del imponente Estadio Azteca.

Y como seguramente sucede en la mayoría de los casos, mi papá sostuvo la bicicleta desde el asiento mientras yo pedaleaba y procuraba mantener el equilibrio. La imagen del pavimento sigue presente. De pronto me pareció que iba más rápido de lo normal, miré hacia atrás y no estaba la mano del papá en el asiento; la mano, y el papá todo estaban muchos metros atrás con una enorme sonrisa en el rostro. La impresión fue tan fuerte que lo siguiente que vi fue el pavimento y su áspera textura tan próxima a mis ojos. El papá llegó, me levantó y me habló acerca de la confianza en uno mismo. La siguiente vez que subí a la bicicleta todo fue distinto. No volví a caerme ese día y disfruté enormemente del pedalear, del viento en mi piel y de la seguridad que las palabras paternas me habían dado. Esa tarde volví a casa triunfante.

Aún quedaba mucho por aprender, muchas manos de las qué aferrarme, pero de a poco esos miedos han sido vencidos por seguridades. Falta mucho, pero el camino ya está trazado, y es bueno recordarlo.